Un baión para el ojo del Indio Solari.

El siglo XXI es el siglo en el que estamos solos: solos en nuestras salidas nocturnas, solos en el supermercado, solos frente a las pantallas, solos frente al mundo. El siglo XXI es, también, el siglo en el cual la humanidad, en sentido técnico, logró una conectividad sin precedentes.

Parece contradictorio -estamos en el siglo de las soledades y las conexiones- pero no lo es. Más aún, las contradicciones son el sostén de las dinámicas sociales actuales.

Mal que le pese a Carlitos Marx o, para decirlo con mayor precisión, a su séquito acrítico, el capitalismo ha sabido deglutir toda contradicción sin presentar síntoma alguno de desfallecimiento. Se las ingenió no sólo para transformar ciudadanos en consumidores, sino también para transformarlos en auto-publicistas, es decir, en individuos que publicitan su propio consumo (suponiendo que les otorga cierto capital simbólico cuando, en realidad, es como lamberle el culo a alguien después de que te cagó encima). Esto es fácilmente verificable si consultamos las ‘novedades’ que ofrece el grueso de usuarios en Facebook.

El siglo XXI es también el siglo en que el Indio Solari se quedó solo, o mejor dicho, se cortó solo.

El mundo se estremeció en el nuevo siglo cuando un grupo de extremistas religiosos de Oriente Medio estrellaron aviones de American Airlines y United Continental en el corazón del Imperio de las Finanzas. Pero los argentinos y argentinas, o al menos parte de ellos y ellas, tuvimos otra razón para estremecernos -desde ya hablamos de un estremecimiento cualitativamente distinto- antes de las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001, y esa razón fue que Patricio Rey permanecería en silencio ‘al menos por un tiempo’.

No es para menos si tenemos en cuenta que se trataba del silencio de uno de los imaginarios que mejor supo traducir a ritmo y melodía las experiencias de una generación tiznada al calor del individualismo, el consumo, el desempleo, la exclusión, la marginalidad y un largo etcétera que podría dramatizar aún más el panorama.

En ese silencio ensordecedor se quedaron los hombres solos y en el transcurrir del nuevo siglo el Indio Solari mostró su obra solista.

A nivel sonoro sus discos suenan excelentes. Es evidente que se fue perfeccionando esa nueva forma de producción de la canción de rock que comenzó a asomar tímidamente desde Luzbelito y culminó en el apoteósico Momo Sampler.

Pero en el plano semántico, su poesía se tornó más íntima, personal y lírica en el sentido primigenio del término.

No nos engañemos, el Indio Solari también padece la mediatización, esto no solamente inquiere que su figura sea masticada por los medios, sino que su forma de aprehender la realidad está condicionada por las pantallas que lo rodean en su cotidianeidad. Las únicas impresiones -siguiendo a Hume- que el Indio debe tener son las de la Quinta Avenida, el Central Park y algunos pubs y hoteles de Nueva York.

Su régimen interactivo se limita a su familia, a los padres de los compañeros de escuela de su hijo y los tecnócratas que componen su elite de músicos y otros agentes dedicados a cuestiones de índole puramente burocrática. Hace rato ya que no sale corriendo a ver qué escribe en su pared la tribu de su calle.

También ha declarado en diversas entrevistas que su vida no sólo estaba alejada de la bohemia que otrora lo caracterizaba sino también que se encuentra padeciendo los consecuentes dolores de ese vivir que solo costó vida.

Con lo antedicho: ¿Sería justo pedirle que interpele a la[s] generación[es] que adolecieron en los umbrales de los ‘90 y crecieron ya bien entrados los ‘00? ¿Qué podríamos objetarle a un tipo que, junto con otros, ha forjado una de las bestias culturales más indómitas y revulsivas desde la restitución democrática?

Siempre me vi tentado en manifestar que Luzbelito es el último disco de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y que los dos restantes fueron editados por Los Redondos, es decir, un grupo de personas en donde hubieron relaciones de poder, jerarquías, disputas, etc.

Incluso, la canción que cierra Luzbelito, el narrador establece una distancia generacional con sus oyentes:

Estas cambiando más que yo

Asusta un poco verte así.

En una de las entrevistas ofrecidas en el marco de la edición del mencionado álbum, el Indio afirma que la frase ‘cuanto más alto trepa el monito, así es la vida, el culo más se le ve’ podía ser adjudicada a su persona.

No estamos en condiciones de afirmar en qué medida al Indio se le vio o no demasiado el culo ante sus seguidores, pero ninguno de ellos dudó, independientemente de su postura, sobre la tenencia de la fortuna que la Revista Forbes le adjudicó, hecho que lamentó públicamente el propio Indio.

Inmediatamente después de esa frase el narrador se sincera y advierte:

Yo sé que no puedo darte

Algo más que un par de promesas, ¡no!

Tics de la revolución

Implacable rocanrol

Y un par de sienes ardientes

Que son todo el tesoro

Luego de asumir sus limitaciones y el poco alcance de sus promisiones, el narrador finalmente delega su tarea a los oyentes:

¡Este asunto está ahora y para siempre en tus manos, nene!

Creo que a partir de aquí Los Redondos –tal como empezamos a llamarlos- se subieron a una nave espacial y desde allí corroboraron que en el 2000, tal como lo había anunciado Discépolo, el mundo también es una porquería.

Más tarde, bien entrado el siglo XXI, como ya dijimos, el Indio se corta solo, en este siglo solipsista -plagado de solistas que cantan sus íntimas experiencias, sin poder trascender las barreras de su propia subjetividad-, en este siglo posmoderno -en el que los grandes relatos sucumben ante los pequeños sucesos que escupen Nelson Castro y Orlando Barone casi a diario-, en el siglo de los aparecidos -en el que cada quien muestra hasta qué punto puede ponderar su felicidad cuando los demás lo observan-.

Nadie hubiese imaginado a Patricio Rey dedicándole una canción a su esposa, nadie sabía siquiera si tenía esposa, en dónde residía. Del Indio se sabe todo, casi todos son sus biógrafos. Es que alguien tiene que decirlo: ¡Patricio Rey ha muerto!

Ahora está este pelado sexagenario cantando su pequeño/gran universo, respaldado por un grupo de instrumentistas muchísimo más sofisticados que aquellos que conformaron Los Redondos, y mirando, no sin cierto cinismo y escepticismo, cómo discurre este asunto en nuestras manos.

Atahualpa McCartney